Hace unos días un ser querido puso en su status de Facebook la siguiente frase: “Yo no pongo mi ignorancia en un altar y le llamo dios”.  Algunos de sus seguidores se sintieron ofendidos, a otros les causó descontento, otros lo ignoraron, y a otros más, nos puso a pensar. ¿Qué es un altar? ¿Qué pongo en él? ¿A qué le llamo Dios? Preguntas que van más allá de un dogma o una religión particular, pero que tocan fibras conectadas con, lo que considero ser, una verdadera práctica espiritual.

 

Si sientes que tu religión no te da las respuestas que buscas, si crees en “algo más” pero no sabes cómo conectarte con tu Ser Superior, al Creador, a la energía omnipotente y omnipresente que sientes en tu corazón, quizá desees encontrar dónde está tu propio altar, o quizá desees crear uno para honrar tu espiritualidad. Aquí te comparto lo que descubrí gracias al comentario de mi amigo y algunos tips o sugerencias si es que deseas poner tu propio altar.

Un altar –para mí- puede ser cualquier espacio en donde me encuentre en el momento presente. Dicho espacio se convierte en un “lugar sagrado” (alias, altar) cuando me enfoco con todos mis sentidos a hacer lo que estoy haciendo. Por ejemplo, ahorita mi altar es el escritorio donde está mi computadora. Ambos –el escritorio y mi laptop- me ayudan a hacer mi trabajo con diligencia, en consciencia.  Este altar, como todos los demás, me ayuda a expresar, confrontar, apreciar y disolver mi ignorancia, mis miedos, mis dudas, mis penas y mis tristezas; a apreciar y compartir mis alegrías, mis dones, y mis triunfos; a llevar a cabo y esclarecer mis visiones, mis sueños, y mi sabiduría, pero sobretodo, a hacer lo que esté haciendo en el momento con amor y en conciencia. En ese altar encuentro a Dios y Dios me encuentra a mí.

Un altar también puede ser la cocina cuando guiso, mi cuaderno cuando escribo, mi cama cuando duermo, mi carro cuando manejo, y hasta el trapo cuando limpio. Todo se puede convertir en nuestro altar siempre y cuando lo que hagamos lo hagamos en conciencia y pongamos en éste todo nuestro ser.  Hay que tratar, por lo tanto, de hacer de cada espacio donde nos encontremos un altar, y de cada persona con la que convivamos, una conexión con Dios, expresando todo lo que somos, expuestos a nuestra ignorancia, pero también acompañados de toda la sabiduría de nuestros ancestros, con todas nuestras pena y múltiples alegrías, con nuestra sombra pero también con toda las luz que somos.

En la naturaleza, sin embargo, está mi mejor altar.  Hay quienes les gusta el mar, las cascadas, el desierto o algún lago.  Ése es su altar. Para mí, son las montañas. Al verlas o al pasear entre ellas, me siento inmersa en la profundidad del Espíritu, en el silencio y en la sinfonía de todo lo que mis sentidos perciben. Allí confronto mis mayores miedos y mis más grandes desafíos. Allí reflexiono sobre lo que quiero ser, hacer, y tener. Y trato de conectarme con la naturaleza y ver cómo ella vive en plenitud sin preocupaciones, dando lo mejor de sí.

Pero seamos realistas: la mayoría de nosotros quizá no tenemos la oportunidad de estar a diario en contacto con la naturaleza.  Deseamos tener un espacio tangiblemente espiritual, dedicado única y exclusivamente a nutrir nuestra alma, a aquietar nuestra mente y a sentirnos en paz. Es allí donde se hace necesario crear un “verdadero” altar.

Si tienes un espacio en tu casa u oficina en donde puedas poner uno, aunque sea pequeño, hazlo.  Si no sabes o no estás seguro o segura qué poner en él, te recomiendo que uses elementos que tengan cierto significado espiritual, que te conecten con tus creencias y con la energía de la madre Tierra.  El mío está en una esquina de mi habitación, en una mesa con poca altura, ya que me encanta sentarme en el piso. En la esquina, está la imagen de un ángel, una cruz y un cuadrito de la Virgen de Guadalupe. Sobre la mesa tengo puntas de Amatista, cuarzos blancos, una piedra de Machu Picchu, otra piedra energética de Australia. Debajo del mantel tengo un poco de tabaco, honrando a la tradición indígena, originarios de la tierra donde habito. En las esquinas tengo mis cuencos y campana tibetana, y como elementos adicionales, puse algo de mucho valor simbólico para mi esposo y una vela muy preciada que me regaló mi hija.  Como elementos básicos, tengo la vela en el centro, el incienso en la parte de atrás y mis crótalos enfrente para tocarlos al comenzar a meditar. 

Todas las mañanas y las noches me siento por unos minutos en este lindo rincón, frente a mi altar y me pongo a meditar. Entrego mi día, respirando profundo, haciendo mis decretos positivos, repitiendo mantras y tocando los cuencos tibetanos. (Actividades que serán tema de otro artículo).

Así que si deseas poner tu propio altar, puedes utilizar algunas de las ideas aquí presentadas, de acuerdo a lo que resuene contigo:

  • Mantel o carpeta blanca.
  • Vela.
  • Porta incienso e inciensos.
  • Imágenes u objetos representativos de tu religión (si es que tienes y quieres incluirlos).
  • Crótalos, cuencos o campanas Tibetanas.
  • Flores o plantas.
  • Aparato de música.
  • Algún objeto de tus seres queridos que representan algo importante para ti y/o para ellos.
  • Cojín o silla.

 

Frente a ese espacio, siéntate por unos instantes y respira profundo, en silencio. 

Mientras escribo estas líneas, un pájaro se asoma por la ventana, pica en la cornisa y revolotea avisándome que en el también él también puede ser un altar, si lo contemplo en conciencia. En él hay sabiduría, amor y luz. Me asomo y veo que ya no sólo es uno, sino dos y luego tres.

 Me percato que, en la medida en que hagamos de nuestra vida un altar, vendrán otros seres a disfrutarlo, y a ayudarnos a amar.

 

Yvonne González-Báez  es consejera espiritual mexicana radicada en Canadá. Ha tomado cursos de energía universal, programación neurolingüística, semiología de la vida cotidiana, psicología profunda y una especialización en masaje.  Es practicante de Yoga, de meditación y de Tai-Chi.  Escritora desde los 19 años, tiene dos libros de pensamientos en verso, una autobiografía donde expresa cómo las enfermedades y circunstancias adversas le ayudaron a encontrar caminos de sanación del cuerpo, el alma y el espíritu.  Fue encargada de la sección de Medicina Alternativa en la revista Esposa Joven.

Actualmente se dedica a dar terapias espirituales, alineaciones energéticas, talleres y retiros de sanación espiritual, meditación, narrativa del alma y de salud holística en donde comparte sus conocimientos para lograr una salud integral y llevar una vida plena.  

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